En el propio acto de elegir ya hay un placer. La certeza de la libertad.
Una tarde calurosa, una maceta rescatada del abandono, un puñado de flores.
Elegimos nuestro refresco. Tiradas por el suelo, cerca de la tierra, libres.
Elegimos nuestro refresco. Tiradas por el suelo, cerca de la tierra, libres.

Planes con principio y fin, para este julio que ya arrancó.
En esta ocasión, una huertita. La huertita de Alberta. Y es que llevaba tiempo pensando en llevarla a cabo. Que entre las dos diseñáramos un pequeño espacio para plantar, del que Alberta se sintiera responsable e ilusionada.
Así se ha hecho realidad este pequeño gran Proyecto.
Los bajos de una de las moreras. Unos bebés lechugas y acelgas, regalo de la abuela y el abuelo, unos millos y unas semillas, secadas al sol, de una calabaza que pasó por nuestros cuerpos hace ya varias semanas.
El contacto con la tierra, con la naturaleza viva, me parece importantísimo. Y estos tiempos que estamos viviendo, se convierte casi en un lujo. Cuando rondas la ciudad, es tan complicado encontrar un trocito de tierra para oler, para tocar.. Ahora que la tenemos más cerca, tenemos que sacarle partido y llevar a cabo esos pequeños proyectos, que vivían sólo en la imaginación y en el deseo. Estoy agradecida.
Unos surcos, unos carteles Bee and Al-made, unos bambúes y unos apaños con lanas, para avisar a los perritos de la zona, que ya nos encargamos nosotras de abonar el terreno.
Estos pequeños proyectos dan sentido, aprendizaje e ilusión a la vida. Asomarnos cada día a regar y ver como los millos ya despuntan, o las calabazas asoman, nos arrancan una sonrisa compartida que no tiene precio.